miércoles, 22 de junio de 2011

La defensa de los derechos humanos: una actividad subversiva




                                               Al doctor Óscar Correas,
                                               formador de conciencias críticas.


Recuerdo la respuesta de un compañero de clase cuando el profesor de filosofía del derecho habló del libro “El proceso de Jesucristo” del doctor Burgoa. La crítica fue que el libro era una mala novela con pretensiones académicas. La conversación derivó en una reflexión del compañero sobre la maestría en derecho que estudiamos. Dijo algo así como: “bueno, si yo hubiera querido estudiar filosofía me hubiera metido a una maestría en filosofía y no a una maestría en derecho”. Es justo este tipo de pensamiento el que debe ser superado por parte de los juristas.

Óscar Correas, cuya teoría crítica estudio y aplico, dice que uno de los principales problemas que tienen los juristas es su completo desconocimiento de los temas filosóficos. Yo diría: el completo desconocimiento de los términos del debate filosófico histórico, que, afirmo, siempre ha sido el mismo –con sus respectivos matices-: ¿la verdad, lo bueno y lo bello son de apreciación objetiva? La respuesta no es de ninguna manera simple.

Mi experiencia me ha enseñado, que los juristas creen que los temas jurídicos se circunscriben a las reflexiones técnicas. No se dan cuenta, porque no lo han analizado, que los debates trascendentes no versan sobre la técnica, sino sobre la filosofía y la teoría. Además, sostengo que para que sea entendido el debate esencial entre los teóricos del derecho, lo primero es entender el fundamento de ese debate y, por tanto, es necesario para los juristas iniciar desde el principio: desde el estudio de la historia del pensamiento filosófico; no sólo a partir de los resúmenes expuestos en los libros de historia del pensamiento filosófico, que son necesarios, claro, sino, principalmente, a partir de la lectura de los libros de los pensadores, o sea, de una fuente más o menos directa.

Antes de entrar a la maestría intuía la importancia del pensamiento filosófico, pero fue, debo admitirlo con todas sus palabras, hasta que ingresé al posgrado que entendí la enorme potencia del pensamiento filosófico para la acción política. Mi guía en este camino tan complejo y muchas veces inentendible y desesperante fue Correas.

Ahora puedo sostener que el debate filosófico fundamental es en términos epistemológicos. La guerra en el pensamiento filosófico y teórico, y que es el fundamento de todas las luchas políticas, tiene como elemento central a la verdad. A lo largo de la historia, los pensadores y los políticos pragmáticos han batallado para imponerle al resto de la Humanidad lo que consideran como lo verdadero, lo real, lo objetivo, lo inobjetable. La verdad, siempre, como fundamento del poder político. La verdad, como base del discurso prestigioso; como sustento determinante del liderazgo.

En este debate entre las posturas epistemológicas, desde mi punto de vista, los griegos lo dijeron todo. El debate filosófico esencial fue planteado, desde todas sus posibles aristas, por los pensadores griegos. Después, los otros filósofos han contribuido al enriquecimiento de las posturas defendidas por los pensadores helénicos, pero no han sido creadores de ningún pensamiento auténticamente original.

Los griegos, dicen, descubrieron la razón, el logos, a la que está sometido el mundo. La Naturaleza, sostienen los racionalistas, está determinada por un orden perfecto, necesario y predecible. Nada es contingente. Para notar este orden perfecto del mundo, es indispensable que el logos de la Naturaleza se empate con el logos de la mente humana, también determinada por el orden perfecto. De esta manera, si se tiene un método correcto de pensar, se puede apreciar el máximo descubrimiento de la Humanidad: la lógica con la que el mundo opera. Lo aparente es un engaño de los sentidos; lo verdadero, lo real, subyace entre lo que el sentido común es incapaz de apreciar.

Para los racionalistas absolutos que creen haber descubierto la “lógica del mundo”, el orden perfecto que se aprecia de la Naturaleza ha demostrado que no daña, sino que más bien beneficia: a quién perjudica que de la cruza entre un perro y una perra nazca un perrito y no un delfín. Si el orden lógico del mundo beneficia, entonces es bueno y los seres humanos deben imitar esa perfección con su comportamiento. Lo natural, por tanto, es lo bueno, lo ético. El racionalismo-naturalista conduce de esta manera al absolutismo ético: ningún comportamiento humano que no tenga sustento en el logos totalizador es bueno, pues no está fundamentado en lo absolutamente verdadero, en lo natural, que es lo único digno de aprecio.

Lo que han intentado los racionalistas a lo largo de la historia es, por tanto, naturalizar a los seres humanos, eliminar su libertad de elección para acabar con su voluntad. Los racionalistas-naturalistas son los amantes permanentes del orden absoluto y odian cualquier cosa que les quite la certeza en su vida, que acabe con lo que tanto desean: un mundo predecible y, por ello, seguro. Lo verdadero se convierte en sinónimo de seguridad y tiene como efecto la tranquilidad emocional. La vida es placentera si se saben con precisión, y de antemano, cuáles son los efectos de todos los comportamientos posibles. A los seres humanos les encantan las fórmulas simples: si me porto bien me irá bien.

Pero este pensamiento apologeta del orden perfecto y absolutista, se ha enfrentado históricamente al pensamiento libertario, al que pregona que nada es necesario, que todo es contingente, incluida la Naturaleza, y que la verdad no existe: el irracionalismo relativista y escéptico, fundamento filosófico de la libertad.

El debate histórico entre racionalistas e irracionalistas se ha manifestado desde el origen del pensamiento filosófico. Heráclito y Parménides, así como los sofistas y Sócrates, en la Edad Antigua; los nominalistas y los teólogos de influencia aristotélica, en la Edad Media; los racionalistas ilustrados y los empiristas, en la época moderna; todos, constituyen una viva representación del debate histórico entre dos posturas filosóficas que se disputan el poder político.

Heráclito de Efeso, el Oscuro, sostenía que todo es fugaz, cambiante y momentáneo: “La existencia es la corriente de un río, en el cual no podemos bañarnos dos veces en las mismas aguas”. Postura, evidentemente irracionalista. Las afirmaciones de Heráclito son, desde tiempos inmemoriales, el terror de los amantes de la certeza. Nada es absoluto, todo es relativo para Heráclito. Postura, claro que se opone a lo sustentado por un racionalista como Parménides, para quien la existencia de los individuos y el constante cambio de la cosas son un engaño de los “ojos ciegos, los oídos sordos, la lengua que es sólo un eco”.

Los sofistas, extraordinarios oradores y retóricos, eran capaces de enarbolar y defender cualquier causa en una asamblea política, a partir de una convicción básica: la moral es relativa como la verdad. Postura combatida por Sócrates, Platón y Aristóteles.

Protágoras, el más grande de los sofistas, expuso sus convicciones irracionalistas y libertarias cuando dijo: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Frase que no significa otra cosa que todo pensamiento humano es relativo por ser subjetivo. Nadie aprecia las cosas de la misma manera, ni la verdad, ni lo bueno ni lo bello. En cambio Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, intenta objetivizar los valores y construir una ética totalizadora, influida por la razón.

Los escolásticos, de influencia aristotélica, construyeron una suma teológica que les permitió sustentar la existencia de Dios en la supuesta evidencia de la lógica del mundo que expone y demuestra el pensamiento racional. A esta postura se opusieron los nominalistas, irracionalistas, a quienes se les llamó agnósticos, que sostienen que la existencia de Dios no puede ser demostrada por el pensamiento racional. La razón tiene sus límites.

Los racionalistas ilustrados, como Descartes, combatieron el escepticismo con todo su talento intelectual, su apuesta fue “dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias”. A esta postura, se opusieron los empiristas ingleses, como David Hume, el más brillante y radical de todos. El escepticismo relativista de Hume merece ser rescatado y expuesto en la actualidad, sostiene Correas.

No faltaron, claro, las posturas eclécticas, cuyo máximo representante es Kant. Este filósofo construyó una suma filosófica racionalista-empírica, que ha influido enormemente en el pensamiento filosófico histórico.

¿De cuál lado estar? ¿De los absolutistas amantes del orden extremo y de la certeza total? ¿o del lado de los libertarios, que entienden que nada es absoluto y que rechazan las posturas totalitarias? Yo tengo muy claro de qué lado estoy.

Correas sostiene, y yo estoy de acuerdo con él, que hay que visitar a Hume para tener un sólido fundamento filosófico irracionalista, relativista y escéptico, que defienda el valor de lo subjetivamente axiologizado y axiomatizado y que sea una herramienta para combatir el absolutismo epistemológico y ético.

Ser un relativista en términos éticos, significa que la moral siempre es individual, no que no se tengan convicciones. El irracionalismo, para los políticamente correctos, puede ser entendido como una razón relativa y subjetiva, esto es, el orden es particular y no total y está en la mente de cada quien y no en las cosas. El escepticismo es una sana actitud de duda que permite el desarrollo del conocimiento a partir de la experiencia.

Que la moral sea relativa y no absoluta, no significa que los libertarios no tengan también la vocación de universalidad. El universalismo es un concepto opuesto al de totalitarismo, y ambos tienen un proceso de construcción radicalmente diferente. Mientras que el universalismo parte del relativismo particular y sostiene que lo verdadero es producto del acuerdo humano, el totalitarismo es absolutista y no permite una construcción histórica y convencional de la verdad, sostiene que lo verdadero existe por sí mismo, con independencia de la participación de la voluntad de los seres humanos.

El universalismo democrático y libertario, encuentra su fundamento en la filosofía humeana. El filósofo escocés sostuvo que el conocimiento se genera por medio de las “impresiones” que se tienen del mundo real (“real” en el sentido de simplemente existente). Estas impresiones, cuando ya no se tiene directamente el referente empírico, se quedan almacenadas en la mente humana en forma de “pensamientos”. La impresión es concreta y proviene indefectiblemente de la experiencia sensorial; los “pensamientos” son vagos, abstractos e imprecisos. Las ideas no son otra cosa que el producto de la abstracción que los seres humanos hacen de lo que perciben por medio de los sentidos; esto es, de las impresiones que se convierten en pensamientos. Cada ser humano percibe los hechos de manera particular y diferente, por eso, lo que cada quien cree del mundo es producto de su propia subjetividad concreta, de la “sensación” o “sentimiento” que lo real provoca. La moral es relativa porque es producto de ideas generadas a partir de una manera particular de percibir, abstraer y de generar “pensamientos”, o sea de una manera muy personal de “sentir”.

Una contribución fundamental de Hume, particularmente sugerente para el pensamiento relativista libertario, es su teoría de la falta de referente de lo causal. Para Hume, la “causalidad” es una sucesión de operaciones mentales, de impresiones; no es una sucesión real de “hechos naturales”. Con esto, Hume niega la supuesta necesidad y la lógica supuestamente inherente del mundo, como lo sostienen los racionalistas. Si existe un orden, no está en la Naturaleza sino en la mente de los seres humanos. El filósofo empirista lo explica así:

“La primera vez que un hombre vio la comunicación del movimiento mediante el impulso, como por el choque de dos bolas de billar, no podía decir que el acontecimiento estuviera conectado con el otro, sino tan sólo que estaba conjuntado. Después de haber observado varios casos de esta naturaleza dice que están conectados. Qué alteración ha sobrevenido para que nazca esta nueva idea de conexión? Nada, sino que ahora siente que estos hechos están conectados en su imaginación y puede fácilmente predecir la existencia de uno de ellos a partir de la aparición del otro.”

El pensamiento humeano permite hacer una afirmación: es posible producir enunciados con aspiración de universalidad, sólo que circunscritos a un tiempo específico. No hay nada que garantice que los seres humanos construyan siempre igual la “sucesión de percepciones” como para permitirles explicar lo que aprecian del mundo de la misma manera, por siempre y para siempre. Lo que denota la filosofía humeana es la idea de prudencia en la explicación científica de los hechos del mundo.

Los hechos, y esto es lo más relevante, no son percibidos ni explicados objetivamente. Nadie piensa igual ni siente igual. Esta es la más grande contribución filosófica que los juristas deberían (como imperativo ético) conocer. Sin embargo, como dice Correas, si algo caracteriza a los juristas, es su bien cimentado desprecio por lo externo a la técnica en el derecho.

A los juristas en las escuelas de derecho se les enseña una máxima: el derecho es coherente, completo y permite generar “certeza” a los justiciables; esto es, la “certeza” es la predecibilidad de las decisiones fundamentadas en los textos jurídicos.

Pero si el derecho es un hecho, cuyo referente empírico es un texto, cuyo contenido está cifrado con diversos signos que tienen que ser interpretados para determinar su significado, y esos signos constituyen los elementos de un lenguaje, entonces no es posible determinar objetivamente lo que el derecho quiere decir, porque los seres humanos no perciben ni sienten los hechos de la misma manera.

Siguiendo la filosofía humeana, se puede afirmar que el orden, la lógica, la coherencia no está en el discurso del derecho contenido en los textos jurídicos, sino en la mente de quien los estudia para interpretarlos según su muy particular subjetividad. El derecho no otorga certeza.

Si el derecho no otorga certeza, que es la única capaz de producir la tranquilidad que al ser humano le da la idea de la predecibilidad, entonces, ¿que sí puede dar certeza? Mi respuesta es: nada. El derecho jamás producirá certeza, porque nadie piensa ni siente igual. A los juristas les cuesta mucho trabajo aceptar esta afirmación, pues, para empezar, rara vez se cuestionan lo que hacen y por qué lo hacen.

En realidad, el derecho, como discurso subjetivo, no es más que uno de los campos en donde se da una batalla sin cuartel por la hegemonía y el dominio político. El derecho, dice Correas, es un discurso irracional, prescriptivo, autorizado, que amenaza con la violencia. De esta manera, tanto la interpretación del discurso como su argumentación tienen una clara finalidad política. El trabajo de los juristas, visto de esta manera, es esencialmente político.

Pero en las escuelas de derecho, jamás se les enseñará a los estudiantes a pensar en términos filosóficos. Se les enseña a pensar en términos técnicos. La intención es utilitaria.

Los estudiantes tienen que aprender su nuevo oficio técnico para que sobrevivan de algo, en una sociedad tan competitiva y tan excluyente como la nuestra. Pero también hay otra razón, que es claramente política: el Estado, que es producto histórico, controlado por los poderosos, tiene que ser administrado y, para ello, se necesita un tipo específico de jurista: el que crea que el derecho es esencialmente bueno, imparcial, con un sentido unívoco, porque a todos conviene que no haya ideologías peligrosas que critiquen al poder.

El poderoso quiere que el derecho, como instrumento de dominación, sirva para lo que fue creado: para imponer los intereses de quienes controlan al Estado y, para logarlo, lo primero que hay que hacer es controlar el pensamiento de los juristas. Los abogados, para ser funcionales al poder, tienen que interpretar y argumentar en el sentido que al poderoso le conviene y quiere, y si el jurista no hace eso, es peligroso.

Sostengo que la enseñanza del derecho tendría que hacerse de manera inversa, esto es, en lugar de que la filosofía se enseñe como tema relevante en el posgrado, se debería enseñar como materia fundamental en la licenciatura. Es más, soy más contundente: en la UNAM, el plan de estudios del posgrado debería ser el de la licenciatura y el de la licenciatura el del posgrado.

Por eso me escandalizó que el compañero de la clase dijera que la filosofía no tiene importancia y que para él, la materia es algo así como un mero complemento prescindible de su formación intelectual. Vaya disparate.

Como dije, el trabajo de los juristas es político, y sobre “lo político” no hay posibilidad de control. Aplaudo los intentos teóricos de Ferrajoli para construir un sistema garantista, basado en postulados y valores libertarios, con vocación universalista. Sin embargo, jamás, ninguna propuesta teórica, por más coherente y sólida que sea, será asumida por todos los juristas que participan, directa o indirectamente, en la administración del Estado y/o en la actividad política y social.

La teoría garantista de Ferrajoli es muy útil ideológicamente para quienes, como yo, tienen la convicción de luchar por las libertades, desde la izquierda, en contra del orden social injusto, pero, con todo, ni el garantismo ni ninguna otra ideología podrá ser el sustento de la certeza. Las posturas encontradas siempre mantendrán en constante tensión al derecho: no hay nada que garantice que un derecho ganado no sea eliminado después. Todo será el resultado de la correlación de fuerzas entre posturas antagónicas.

La tensión constante que genera lo político en el derecho, me permite otra reflexión: los libertarios están en perfectas condiciones de utilizar alternativamente un instrumento –el derecho- que nació con vocación de poder, de manera alternativa; diría Ferrajoli: de forma garantista.

El ejercicio de la profesión jurídica puede hacerse de una manera sólidamente alternativa, no a favor de los poderosos, sino a favor de los sectores sociales dominados y excluidos históricamente. Y, justamente, los defensores de los derechos humanos nos dedicamos a construir una sociedad alternativa, explotando el potencial transformador del discurso del derecho cuando se interpreta a partir de valores libertarios. Potencial transformador limitado por sí mismo, pero muy poderoso y con importantes alcances justicieros si va acompañado de la acción social directa, esto es, con la movilización y la protesta.

En un mundo dominado políticamente por los totalitarismos, el activismo de los defensores de los derechos humanos no sólo implica una labor alternativa con fines libertarios y justicieros, sino también una labor profundamente subversiva. El reto es subvertir el orden social injusto cuando éste es reproducido por el derecho. Y esta labor jurídica subversiva es muy peligrosa. Es tan peligrosa y arriesgada, que a los defensores de los derechos humanos se les asesina por atentar en contra de los intereses de los poderosos.

El ejercicio alternativo de la profesión jurídica no sólo puede desarrollarse desde el movimiento social, sino también desde el Poder Judicial. En México se le ha hecho creer a la gente que los jueces no realizan funciones políticas, que no gobiernan, que no tienen ideología, que son imparciales y que lo que piensan no se ve reflejado en sus decisiones. Es más, ha hecho creer a las personas que sólo el poder ejecutivo es el que gobierna. Por eso, en la publicidad del ejecutivo siempre aparece la leyenda “gobierno de la República”. Sin embargo, esta es una creencia absolutamente falsa, que no encuentra sustento en la realidad social.

En una República como la mexicana, los órganos del Estado son los que ejercen la función política, de dominación, de gobierno. El legislativo gobierna emitiendo leyes, el ejecutivo gobierna haciéndolas cumplir y el judicial gobierna dirimiendo controversias. Entre los tres órganos de gobierno se reparte la gestión integral del Estado. Es por ello que, sin la menor duda, los jueces tienen encomendada una clara función política.

Ahora bien, la función política, de gobierno, tiene un sentido ideológico, no se realiza desde la imparcialidad de la conciencia. En México, el gobierno es de tendencia liberal, individualista, conservadora. Ese sentido ideológico se encuentra formalizado en las leyes, que son textos que emplean los jueces para cumplir con la parte de la gestión del Estado que les corresponde: solucionar conflictos entre los diversos sectores sociales.

Retomo la idea: en las escuelas de derecho, dominadas por los positivistas individualistas conservadores, se les enseña a los futuros juristas a olvidarse del sentido ideológico de las leyes y les dicen que sólo se deben de encargar de su sentido deóntico, que es aquel que transmite la especial forma de pensar de que algo debe ser realizado por alguien. De esta manera, los juristas, que después se integrarán a la judicatura, se quedan con la idea de que su labor consiste en aplicar las leyes dejando de lado su propia conciencia, sus deseos, sus pasiones, su lado humano. Según esta creencia, para que los jueces sean objetivos y certeros, deben aplicar las leyes sin criticarlas desde su cosmovisión.

La imparcialidad de la práctica jurídica, por supuesto, no existe, pues aunque sea de manera pretendidamente oculta y con cierta culpa, los jueces siempre interpretan y argumentan desde su propia conciencia. Esto es algo que todos sabemos porque es inocultable. Fuimos testigos, por ejemplo, de la manera como el ministro naturalista ultra conservador, Sergio Aguirre Anguiano, defendió su ideología confesional cuando se discutió en el Pleno de la Suprema Corte lo relativo a la constitucionalidad de la interrupción del embarazo y del matrimonio gay en el Distrito Federal.

Es por ello que me parece fundamental que se abandone la falsa creencia de que los jueces no gobiernan, que son objetivos o imparciales ideológicamente. Los juristas necesitan tener claro que su función es fundamentalmente política y que precisamente por ello es completamente legítimo promover el ejercicio de una práctica jurídica alternativa, solidaria, crítica, de izquierda, distinta a la que hoy es hegemónica y que se basa en el individualismo.

El poder judicial es un espacio privilegiado, como también lo es el movimiento social, para promover y ejercer una práctica jurídica alternativa, pero para ello hay que modificar de raíz el modelo judicial, profundamente represor, que ahoga toda pretensión de crítica ideológica en su interior.

En Europa, por ejemplo, existen asociaciones nacionales y regionales de jueces que se organizan a partir de su manera de pensar, según sean de izquierda o de derecha. Con el actual modelo judicial mexicano, algo así resulta imposible. En 2008, el magistrado federal Francisco Salvador Pérez fue sancionado por el Consejo de la Judicatura Federal porque se atrevió a expresar su opinión a favor de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, la APPO, y del movimiento de Andrés Manuel López Obrador, aunque, claro, el Consejo dijo que los motivos de la sanción fueron las supuestas irregularidades cometidas por el magistrado en el ejercicio de su encargo. Ser un jurista alternativo siempre es costoso, no importa si la labor se desarrolla en el movimiento social o en el Poder Judicial.

Por eso me interesa que quede claro lo que afirmo con este pequeño ensayo: los juristas deben incursionar y especializarse en los estudios filosóficos, pues si no lo hacen serán invariablemente reducidos a meros tecnócratas, a meros instrumentos de los poderosos. Insisto: el debate jurídico importante, el sustancial, el que verdaderamente importa, jamás será el técnico, sino el filosófico y el teórico.

4 comentarios:

Adriana Olvera dijo...

Abogado, me parece muy interesante su artículo, acabo de descubrir su sitio, a través de un tuit... (porque lo sigo por tuiter y a veces lo retuiteo).
¿puedo copiar su artículo y volverlo pdf para leerlo con detenimiento?
muchas gracias y estaré al pendiente,
saludos cordiales
a.

Sergio Méndez Silva dijo...

Claro que sí puede copiarlo en PDF para leerlo con calma. Muchas gracias por visitar el blog.

Bossing Today dijo...

¡Excelente texto Abogado! Lástima que en la vida cotidiana a muchos les sea casi imposible difícil respetar, realmente respetar, los Derechos Humanos. Creo que la mayoría se queda en la demagogia o en la simple retórica. Como señala el texto, efectivamente la dignidad, la libertad, la igualdad y la justicia son aspiraciones legítimas de todo ser humano; son la base para una vida sana y el trabajo decente (como lo categoriza la OIT). Pero ... ¿qué pasa con quienes diariamente, a lo largo de años escuchan descalificaciones, insultos, bromas crueles sobre su persona, edad, trabajo y reciben crueles críticas por conducirse de forma respetuosa? Es común escuchar que alguien es un estúpido porque respeta las normas sociales en un ambiente de agandalle y maltrato impune. Parece una incongruencia porque muchas de esas voces provienen de quienes se dicen "de izquierda", "humanistas" o "independientes". Amigo Abogado ese texto me lleva a reflexionar: cómo alcanzar una sociedad congruente; es un reto universal ¿verdad? Desde luego también reproduciré la reflexión que pones a disposición en tu blog. Un gran abrazo

Sergio Méndez Silva dijo...

Muchas gracias por el comentario. Sostengo que las normas, en sentido amplio) no son imparciales: tienen un claro sentido ideológico. El derecho, como discurso, es pura ideología formalizada. Todos sistema normativo tiende a reproducir cierta ideología. El derecho, por tanto, el moral positivizada. Si el derecho coincide con nuestra moral nos interesará defenderlo, pero si no, todo lo contrario, nos interesará combatirlo. No siempre lo que dice la ley es lo correcto. El derecho no es esencialmente bueno o esencialmente malo. Todo es según la perspectiva. Con lo que siempre estaré en contra es con las ideologías totalitarias y autoritarias. Saludos.